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Dec 3, 2007 - Poder destructor de la lengua Llegar a dominar la lengua es una de las cosas más difíciles de la
vida. De ahí el que la murmuración sea una plaga universal. “Todos
ofendemos muchas veces”–dice Santiago-; y añade: “Ningún hombre
puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado”
(vrs. 2 y 8).
No cabe hacerse ilusiones sobre la supresión de la murmuración.
Los términos absolutos que emplea Santiago no dejan lugar al
optimismo: “Todos ofendemos”. “Ningún hombre puede domar la
lengua”. El hombre y la murmuración parecen tan inseparables como
el misterio y la poesía. “Si alguno no ofende en palabra, este es
varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo” (vr. 2).
Las ideas del apóstol tienen un encadenamiento terrible, pero lógico.
No hay quien sea incapaz de ofender con la lengua; por lo mismo,
la perfección humana tampoco es posible; y como consecuencia
de la deformación moral que todos llevamos dentro, nuestra lengua
se dispara y el resto del cuerpo resulta incontrolable. Al murmurado
no le queda otra alternativa que armarse de paciencia y perdonar.
Y para el murmurador –todos estamos incluidos- no hay otro escape
más que el reconocimiento de su ignominia y el grito paulino de
angustia: “Miserable de mi” (Romanos 7:24).
Lo que Santiago afirma sobre el tremendo poder destructivo de la
lengua, lo ilustra a continuación con dos ejemplos. Uno es el de los
animales y las bestias. “Nosotros ponemos freno en la boca de los
caballos para que nos obedezcan, y dirigimos todo su cuerpo” (vr.
3). Esto lo conseguimos. Al más indomable de los caballos, al potro
más salvaje, le ponemos freno de hierro en la boca y dominamos el
resto del cuerpo. Es más: “Toda naturaleza de bestias, y de aves, y
de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la
naturaleza humana” (vr. 8).
Santiago clasifica los animales en las cuatro categorías de Génesis
9:2. Dice que el poder del hombre ha conseguido domarlos a todos,
esto es, dominarlos, vencerlos y someterlos, pero ha fallado en el
dominio de la lengua. El hombre consigue que un elefante se alce
dócilmente sobre sus patas traseras y salude a la multitud regocijada;
logra que el león, obedeciendo sus órdenes, salte a través de un
círculo de fuego; pero la lengua del domador, más pequeña que un
dedo de elefante o de león, no puede ser domada.
El segundo ejemplo es un instrumento náutico: “Mirad también las
naves –dice-; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos,
son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las
gobierna quiere” (vr.4). Con esta otra figura se realza la
desproporción entre la pequeñez de la lengua y su peligrosidad
social. La nave, capaz de partir las aguas, cruzar los mares y afrontar
las tempestades, es dirigida con una sola mano sobre el timón. Pero
al timonel le resulta imposible gobernar su propia lengua, tan
pequeña.
Se ha dicho que DON QUIJOTE es como una estrella que
marca el rumbo a todos los visionarios. Santiago es un centinela
apostado en las encrucijadas de la vida para advertirnos contra
el pequeño y terrible enemigo que llevamos dentro: la lengua.
La vida sería un paraíso si las lenguas de los seres humanos
estuviesen animadas de brisas alegres. Pero no es así. Las
lenguas, todas las lenguas, están llenas de veneno. Y de veneno
que mata. Basta una pequeñísima sustancia de veneno para
destruir una vida. Y donde la muerte no llega se producen graves
trastornos físicos y psíquicos.
La lengua, con dos palabras que pronuncie, puede trastornar
muchas vidas y hasta causarles la muerte moral. La lengua
venenosa marchita las primaveras, arrebatándoles sus alegrías
y sus flores; interrumpe la canción en los corazones felices y
seca las ilusiones de las almas nobles. La lengua venenosa
convierte el más florido rosal en simples ramos espinosos,
tronchados en las riberas de un río negro. |
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