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Mar 1, 2007 - ¡Un Dios que anda de fiesta en fiesta! Por Apóstol Dr.
Ricardo Reyes
Através de la iglesia apostólica
se derrama una fuerte alabanza.
Un derramamiento es como
una ducha sin control. La ducha de
nuestro baño controla el chorro de
agua impidiendo que se vaya para
otro lado y moje el piso, pero el derramamiento
de la unción no tiene
ningún control y le da a todo que está
cerca. En una iglesia apostólica la
alabanza toma un rol predominante.
La iglesia pierde esa dimensión
cuando no le presta atención a lo
más bueno que tiene la reunión: la
alabanza.
Lo más poderoso es la alabanza; es
la característica más determinante de la
iglesia apostólica. La alabanza no es un
conteo musical, es una agresividad y
una posición para recibir a Dios, porque
El habita en medio de ella, en la celebración.
Servimos a un Dios que anda de
fiesta en fiesta. Nuestro Dios no se está
lamentando; El está celebrando porque
a cada cosa mala El le saca una victoria;
por eso es ese Dios anda de victoria en
victoria y no ha perdido ni una batalla; todas
las gana.
En una iglesia apostólica la alabanza
será un instrumento para derribar fortalezas.
A través de la alabanza los reyes
son atados con cadenas y los nobles con
grillos de hierro (Salmo 149). Fíjese que
David danzaba en la calle, lo cual era
una ridiculez para ese tiempo. ¿Un hombre
danzando en la calle? ¡Eso lo hacían
las doncellas! ¡Era ridículo hacerlo! Sin
embargo, él danzaba en la calle, en el
palacio y donde quiera, y cuando no tenía
que danzar, escribía salmos y tomaba
su arpa y empezaba a cantar y a danzar.
David era un hombre que tenía poder
porque era un adorador y alababa. El ser
humano no entiende la importancia de la
alabanza. Una iglesia apostólica se identifica
por tener un tiempo de oración antes
del servicio y luego un tiempo de alabanza
y adoración. Si practicáramos esto
en las iglesias, cosas maravillosas sucederían
porque todo lo que te quiera
atacar, toda la maldad que quiera hacerte
el mundo y el diablo, no te toca bajo
ningún concepto cuando vives en oración,
alabanza y adoración. David pecó
cuando se descuidó; ¡en vez de estar
alabando estaba curioseando! ¿A qué
mujer se le ocurre bañarse desnuda
frente al balcón del rey? ¡Solo al diablo
se le ocurre! Fíjense que David estaba
en medio de una guerra pero se descuidó,
no peleó, ni alabó, ni nada. ¿Sabe
cuál era el secreto por el cual David ganaba
todas las guerras? ¡Que antes de ir
a pelear alababa! Hacía una reunión de
alabanza y luego que se llenaba de la
unción iba a pelear. Eso pasó cuando se
enfrento a Goliat; cuando David llegó a
la batalla había venido de alabar en el
campo. En la iglesia apostólica, esa dimensión
del tabernáculo de David se ve
siempre manifestada. Es por eso que tenemos
que ser hombres y mujeres de
alabanza, de adoración.
Cuando alabamos no solamente libertamos
la familia, el hogar y aun nuestras
vidas, desatándolas de las ataduras
del diablo, sino que libertamos a naciones.
La alabanza empieza a desatar la
fuerza de los cielos porque Dios habita
en medio de la alabanza, entonces desciende
el Señor a esa nación y es apresado
el malvado, y el injusto es amarrado
completamente, y nosotros los hijos
de Dios, los santos, tomamos la autoridad
por el arma más poderosa que tiene
el cristiano en las manos: la alabanza.
Cuando Lucifer alababa en los cielos,
con sus orquestas y sus ángeles, todos
los demás ángeles se paraban a ver
la alabanza. Sin embargo, ahora que Lucifer
fue echado de los cielos y que hemos
sido comprados por la sangre del
Cordero, cuando nosotros empezamos a
alabar, los ángeles, los querubines, serafines
y ancianos se paran junto con el
Padre para vernos y escuchar nuestra
alabanza. ¡El cielo entero lo hace! ¡Fíjese
en el poder que tiene la alabanza!
La alabanza es tan poderosa que
ocurren sanidades en medio de ella. Si
usted quiere andar en el Espíritu, conviértase
en alabanza, porque Dios habita
donde hay alabanza. En la iglesia
tradicional se ha creído que el mensaje
es lo más importante en un servicio. Eso
es muy bueno, sin embargo, si usted llega
a la casa de Dios solo a buscar lo que
Dios le va a dar pero no le trajo nada al
Señor, nos convertimos en egoístas. La
bendición grande de cada uno de nosotros
es la alabanza porque nos convierte
en la habitación de Dios.
¿Qué le podemos regalar al Señor?
¿Dinero? ¿Un edificio? ¿Algo que El no
tenga? Solamente podemos regalarle
alabanza y adoración. La Biblia dice que
debemos alabar a Dios con las manos y
con los pies; ¡es con la carne que tienes
que alabar a Dios! Así como en el mundo
bailabas salsa y con tres tragos encima
alababas al diablo, ¡ahora con mayor
razón debes alabar a Dios con tu carne!
Entonces, el Espíritu Santo va a tomar
control sobre tu vida y ya vas a ser tú y
el Espíritu Santo alabando a Dios. Cuando
Dios ve esta carne, que es herida por
la necesidad, por la amargura o por la
tristeza, alabándolo a El, entonces su
presencia se derrama sobre tu cuerpo y
habita en carne y tú sientes algo raro.
¿Pero donde es que te lo hace sentir?
¡En la carne!
La alabanza es el poder para derribar
toda fortaleza, producir gozo, y hacer
que tu espíritu sea activado por el Espíritu
Santo. ¿Usted quiere tener una experiencia
profunda con Dios? Empiece a
alabarlo y a adorarlo. ¿Quiere tomar
control sobre las pasiones de la carne?
¡Alabe! ¡Adore!
La alabanza no solamente se refleja
en la música sino también en nuestro andar,
en nuestra conducta, en nuestra forma
de ser, al reconocer y manifestar los
poderes de Dios a través de nuestro andar
y vivir diario; eso es también alabanza.
Cuando entramos en la dimensión de
que Dios habite en nuestra alabanza lo
que sucede es que si usted está danzando,
el Espíritu Santo baja y comienza a
danzar con usted y su carne empieza a
recibir el toque del Espíritu y empieza a
abrazarte. Y mira qué bueno es Dios que
no solo baila con usted sino con todos.
Entonces se forma una fiesta, la gran
fiesta del Señor y el Espíritu nos pone a
danzar y se produce una “koinonia de
alabanza”, una koinonia tremenda que
nos hace un solo cuerpo en alabanza. |
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